
Puedo recordar el orden de la luz en el viento y el tono del crepúsculo, la palabra precisa tras la noche o el absurdo nombre del dios muerto, el invisible hilo tendido al primer respiro y la hora ausente de mi estirpe. Puedo recordar, incluso, el túmulo que precede al sepulcro abandonado, pero en ninguno de estos sitios permanece la tibia sensación de un cuerpo despojado de pudor, o el gusto de la arena clavada en la penumbra de otros labios.
Palpo los días, pero no entiendo lo que escriben entre sombras. Si trazo las sombras, el árbol desaparece.