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La fotógrafa es la primera en llegar a la escena del crimen, no hay policías, ni ministerio público, ni mirones. Levanta la cámara, apunta hacia el cuerpo del acribillado y al buscar el encuadre se detiene. Algo no está bien: es la apariencia del muerto. La fotógrafa saca el peine que siempre lleva y el cadáver recibe su última peinada. “Es su última foto, al menos que salga bien”, dice la fotógrafa cuando alguien le pregunta por qué siempre hace lo mismo.
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Hace años fue periodista, cubría la nota roja en un puerto del Pacífico. El olor de la sangre, la pólvora y la carne quemada tenían algo que le llamaba. Se metía hasta la médula de los casos que investigaba… decidió brincar al lado de los policías. Sagaz, en poco tiempo se convirtió en el mejor investigador del país, reconocimiento que sentenció su muerte, ocurrida en junio de 2004, cuando un grupo de sicarios lo acribilló en una carretera.
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En un operativo policial detuvieron a su esposo, de prometedora carrera en uno de los cárteles locales. Ella, desesperada por la falta de aquel hombre de armas, organizó su rescate: el plan consistía en irrumpir en la cárcel, un comando con rifles de asalto y granadas entraría a sangre y fuego. Una denuncia anónima terminó con todo, excepto con el deseo.
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Recibió entrenamiento en Israel, abrió un negocio de seguridad privada y sus contactos políticos lo llevaron a firmar un contrato millonario para entrenar a los cuerpos policiales de élite. Por celos mató a su novia y la reportó desaparecida. Los mismos policías a los que había entrenado descubrieron su delito y fue encarcelado. Desde entonces planeó su escape y le llevó dos años realizar el plan. Paralelamente enamoró a su abogada y a una auxiliar del juzgado que llevaba su caso. Con ayuda de ambas, pero sin que ninguna de las dos supiera de la existencia de la otra, logró escapar por un ducto del aire acondicionado del juzgado. La auxiliar confesó cuando supo que él se fugó con su abogada. Meses después, en un operativo encubierto, logran atraparlo en otra ciudad, mientras compraba lencería para una nueva amante.
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Confundido con un narcotraficante, un cardenal es acribillado en un aeropuerto. Un grupo de ultraderecha llegado al poder intenta reabrir la investigación y acusa directamente a un ex presidente de conocer los verdaderos motivos del asesinato y de encubrir a los homicidas, miembros de un cartel de la droga. La sospecha de que el purpurado estaba involucrado con el narco no se diluye.
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Un poeta mata a su novia y es descubierto cuando está a punto de cenársela –en el sentido literal de la palabra–. Se justifica diciendo que es una forma de compenetrar sus almas; un candidato presidencial del PRI –cuando éste era el dueño del sistema– es asesinado y no hay más que un homicida solitario (aunque todos sospechan que lo mandó matar quien por dedazo lo colocó en ese sitio); un peligroso narcotraficante se fuga de una cárcel de máxima seguridad el mismo año en que el país presume haber transitado a la democracia y con los años se convierte en el principal capo nacional…
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Todos estos casos (a excepción del primero, pero tan real como los otros) están documentados en la prensa con mayor o menor detalle, existen como historias perdidas en las páginas de diarios que, cumplida su corta fecha de caducidad, muy probablemente hayan servido para limpiar vidrios o envolver aguacates. Son historias que explotan en la realidad y más allá de su violencia conservan en un subterfugio (negado la mayoría de las veces a la prensa) las pasiones y ruindades de sus protagonistas (tanto de los públicos como de los que se mueven tras la cortina). Es decir, cada una de estas historias lleva en su fachada fisuras por las que se podría mirar lo mucho que hay detrás o en medio de ellas. El problema es que hoy son demasiadas y con frecuencia nos nublan la visión.
En su momento, otras historias como estas irrumpieron fantásticas en la vida cotidiana de este país y fueron registradas por los diarios: en pleno Año del Esfuerzo y ya habiendo declarado la guerra a las naciones del Eje, Goyo Cárdenas inicia una de las historias criminales más surrealistas: asesino, escritor, pintor y loco indultado por un presidente que tampoco logra sacudirse la sangre de las manos. Luego de permanecer tres décadas en la cárcel, el asesino serial más famoso del país recibe un homenaje por parte de los entonces diputados federales, dato que comprueba la proclividad de los políticos mexicanos de todas las épocas a los absurdos.
Este Gregorio abrió espacio no sólo a manuales de criminalística y a las historietas semanales que él mismo escribió desde Lecumberri, también permanece
El criminal de Tacuba, obra teatral de Víctor Hugo Rascón Banda.
En 1964, San Francisco del Rincón, Guanajuato, apareció en la prensa nacional cuando brotó la historia de las hermanas Delfina, María Luisa y María de Jesús González Valenzuela, “Las Poquianchis”, que en el traspatio de la cantina “La Barca de Oro” –según los datos periodísticos– guardaban celosamente los cadáveres de 80 mujeres, 11 hombres y varios nonatos. Años después, en 1977, Jorge Ibargüengoitia recuperaría en
Las Muertas los relatos que estas tres lenonas vertieron en sus declaraciones ministeriales, y con ello no sólo haría una novela, sino que incursionaría en lo que se ha dado por llamar el “nuevo periodismo”.
Ya en este punto, para mostrar esa suerte de corriente alterna que se da entre el periodismo de nota roja y la literatura, es inevitable regresar a 1966 para echar una mirada sobre Truman Capote y su novel a de “no ficción”
A sangre fría, donde se narra la hermandad que existe entre el asesinato y el sueño americano. Y por supuesto habría que ir un poco más atrás (1957), y hasta el otro extremo del continente, para encontrarnos con la
Operación Masacre, de Rodolfo Walsh, quien para hacer su obra contactó a siete de los levantados contra el general Pedro Eugenio Aramburu que lograron sobrevivir a los fusilamientos en el basurero de José León Suárez, provincia de Buenos Aires.
Porque esa corriente alterna tiende hilos sutiles y no tan claros que entraman puntos de encuentro a capricho de la vaga memoria, ahora (y sólo momentáneamente) parto de la imagen de los sobrevivientes al fusilamiento para recordar a los
Soldados de Salamina, de Javier Cercas, que tal vez poco tenga que ver con la nota roja, pero mucho sí con el deseo de reconstrucción de una historia, deseo que –intento creerlo– igualmente corre por debajo y por encima del quehacer periodístico. En lo personal, y aunque no lo tengo muy en claro, ese deseo –y todas las casualidades necesarias, por supuesto– fue el que me llevó al terreno del reportero.
Las fronteras en estos menesteres no son muy claras y entonces intento volver sobre el asunto saltando al
Galindez de Vázquez Montalbán como otra forma de las reconstrucciones, y así tengo pretexto para mencionar a Pepe Carvalho, aterrizar en la novela negra y partir de
El delantero centro fue asesinado al atardecer para llegar a la realidad de un amanecer defeño en el Bar Bar, donde un centro delantero yace tirado en el piso de un baño con un balazo en la cabeza.
Sobre la novela negra, al igual que sobre la nota roja, pesa un cierto desdén que coloca a ambas en el terreno del “subgénero”, pero se olvida que muchos aprendimos a leer (periódicos o novelas) a partir de ellas. Y es que nos hablan de algo mucho más cercano que eventualmente le tiende la cama a las posteriores complejidades: la muerte es muerte, las balas matan, el miedo existe, el dinero y el poder tientan y lo pueden casi todo, el sexo es justo y necesario, la sangre sí tiene olor y siempre es roja.
En cierta forma, quien escribe nota roja (al igual que todos los escritores, creo) está descolocado y debe llevar eso en el lomo, para bien o para mal, pero las elementales prácticas del periodismo diario (las prisas, el cierre, “explicar lo importante”) le acotan los caminos al que busca las fisuras para mirar más allá de la fachada.
Discapacitado en el terreno literario, el reportero de nota roja tiende, sin embargo, a abrir una brecha pedregosa que lleve a ese sitio donde el dato duro se coloca sólo para enriquecer el escenario de algo más (tendencia que además es propiciada por la propia naturaleza de los hechos que relata). En el fondo el reportero sabe (o intuye) que hasta la mejor crónica sólo puede convertirse en el germen de otra cosa.
La digresión comienza a transformarse en soliloquio y prefiero parar aquí sólo para decir que, así vistas, la novela negra y la nota roja son las mojoneras más visibles de esos linderos imprecisos que separan los territorios de lo posible, lo fantástico, lo improbable, lo maravilloso y otros etcéteras (y ninguna de estas parcelas debe suscribirse por fuerza a las naciones de lo real o lo irreal). En el mejor de los casos, la nota roja es una provocación… y toca a los escritores regresarnos otra provocación para seguir mirando por las fisuras en las fachadas.
Leído en el III Foro de Novela Negra de la UdeG