Tirados boca abajo en una brecha oculta
por la selva sólo escuchamos los golpes secos y los lamentos ahogados de
Trinidad de la Cruz Crisóstomo, de 72 años; detrás de nosotros alguno de los
cuatro sujetos armados que nos emboscaron lo tortura mientras otros nos
vigilan, cortan cartucho, preguntan cosas y amenazan. Entre los cuatro
encapuchados no suman el número de años del anciano al que están matando
lentamente.
Trinidad regresó ese 6 de diciembre a
Xayakalan –territorio recuperado por los nahuas de Santa María Ostula el 29 de
junio de 2009–, 15 días antes intentaron asesinarlo ahí mismo; un sicario lo
golpeó varias veces con un rifle pero no se atrevió a disparar delante de
tantas personas. A Trinidad lo sacaron de Michoacán para refugiarlo en Colima,
sus heridas apenas cicatrizaban cuando decidió volver para animar a la gente a
participar en la última fase de la consulta con la que se determinaría la
postura de la comunidad en las negociaciones con la Secretaría de la Reforma
Agraria y el gobierno estatal por el conflicto de tierras con pequeños
propietarios de La Placita. Él sabía que estaba amenazado, pero tenía la idea
de denunciar públicamente a su agresor, dar su nombre, señalarlo como miembro
de un grupo paramilitar que amedrenta a la gente para dividir a la comunidad.
–Los vamos a sacar. Esta tierra nos ha
costado sangre, por eso venimos, no van a controlar nuestra tierra así, no nos
van amenazar –decía el hombre con su voz rasposa mientras caminaba entre los
arbustos de jamaica que comenzaban a echar flores; y se refería al grupo de
sujetos que controlan el monopolio de la violencia a Xayakalan, a donde no
entra la Marina, ni el Ejército, ni policía alguna, a pesar de las medidas
cautelares emitidas por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos en
septiembre y julio de 2010, donde se pide al Estado mexicano brindar protección
a los habitantes de Ostula.
–¿Qué chingados andan haciendo acá? –nos
pregunta uno de los sujetos armados que sigue apuntándonos; continuamos tirados
en la brecha y entre respiraciones agitadas intentamos contenernos. “¡Se
los va a cargar la chingada! Les vamos a cortar la cabeza para usarla de maceta!”,
nos dice otro mientras comienza a entonar una canción: “somos
sanguinarios/ locos bien ondeados/ nos gusta matar”. Uno más ordena sacar el
cuchillo para “cortar” a Trinidad, juzgado y sentenciado en ese
momento por cuatro jóvenes que se emocionan al encontrar cigarros en los
bolsillos de los plagiados.
A Trinidad de la Cruz le decían El Trompas y representaba para
muchos en Ostula uno de los últimos sustentos morales de la comunidad. Esa
mañana más de una persona se alegró de verlo y le recomendó tener cuidado,
porque lo andaban buscando “los armados”. La consulta estaba programada a
las 18 horas en la cabecera de Santa María Ostula, a unos 30 minutos de
Xayakalan subiendo hacia la sierra. Él se sentía confiado por la presencia del
Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad (MPJD), se sentía protegido
porque hasta ese momento los paramilitares habían respetado a los contingentes
de apoyo y solidaridad que desde julio de 2009 comenzaron a llegar al
territorio en disputa. Creía que no habría mayor problema para subir al sitio
de la consulta, confiaba en que la caravana del MPJD venía escoltada por la
Policía Federal (PF) desde que salió de la ciudad de México. Pero los federales
se fueron, no quisieron esperar ahí: “mejor nos llaman cuando vayan de
regreso”, dijeron antes de esfumarse por la carretera rumbo a Colima.
–La comunidad no nos puede dejar solos,
tiene que seguir apoyándonos –insistía Trinidad mientras intentaba explicar a
los integrantes del MPJD cuán grande y rico es el territorio recuperado: “aquí
el pobre vive bien, siembra jamaica, papaya, ajonjolí, hay jaiba, pez y cocos;
si nos quitan esto, allá arriba en la sierra hay muy poco”.
Xayakalan nació el primero de julio de
2009, un día después de recobrada la tierra, cuando comenzaron a construirse
las primeras casas en lo que antes se llamó La Canahuancera; Trinidad estuvo
ahí durante varios días, encabezó la férrea defensa contra los grupos armados
que asediaban a quienes recuperaron el territorio por la vía de los hechos,
amparados en una dotación presidencial de 1961 y en títulos primordiales
datados en los primeros años del siglo XIX. Pero desde ese día comenzaron los
asesinatos en contra de líderes comunitarios y personas cercanas a ellos (28
hasta ahora; de las 40 familias que llegaron a poblar Xayakalan quedan sólo 30,
las otras 10 forman parte del centenar que se ha ido de Ostula por la violencia).
Uno de los paramilitares, el más joven,
adolescente todavía, intenta tranquilizarnos, ofrece disculpas por lo que dicen
sus compañeros, agrega que regresaremos a casa sin problemas: “el problema
es con él, este viejo es nuestra contra”; pero la situación no cambia. Los
cuatro saben que nos tienen dominados y a su merced, se sienten más seguros,
han revisado la camioneta en la que viajamos, se cercioran de que no tenemos
cómo defendernos y comienzan a pensar en voz alta. “Te va a cargar la
chingada, viejo cabrón. ¿Para qué regresaste?” Atrás de nosotros continúan
torturando a Trinidad. Uno de ellos corta cartucho y jala el gatillo… nada, no
hay detonación, lo intenta de nuevo… nada otra vez. “¿Y qué hacemos con
éstos?”, pregunta. “Hay que darles avión”, responde otro.
Llegada la hora de ir hacia la cabecera
de Ostula, Trinidad prefiere abordar la camioneta del MPJD para ir más seguro,
pero antes de salir a la carretera, de entre los arbustos saltan cuatro sujetos
encapuchados, armados con pistolas escuadras y un AK47. Detienen el vehículo,
bajan al copiloto y le ordenan abrir la puerta trasera. “A ti te andamos
buscando”, le dice el más joven al hombre de 72 años que les pide no hacer algo
que pueda lastimar a quienes lo acompañan. “Ya te cargó la chingada”, es
la única respuesta. Los paramilitares dan órdenes cruzadas, uno quiere que
todos se bajen, otro que se arrinconen en el fondo de la camioneta. Los
segundos pasan lentos y nadie sabe qué hacer. Un disparo al aire obliga a todos
a ir hacia la parte trasera del vehículo para buscar refugio ante la
posibilidad de que ahí comience el tiroteo. Los paramilitares suben a la
camioneta, toman el control y obligan al conductor a ir por la carretera, le
obligan a girar a la izquierda en una brecha que se va tragando al vehículo. “¿Díganme
qué les hice a ustedes? Yo no les he hecho nada… Si es su estrategia para
matarme… pues ya”, era el último intento de Trinidad para tratar de dialogar y
evitar la muerte de los demás. “Bájense todos y tírense al suelo detrás de
la camioneta, ya se los llevó la chingada”, fue la respuesta.
Tirados boca abajo en una brecha oculta
por la selva sólo escuchamos los golpes secos y los lamentos ahogados de
Trinidad de la Cruz Crisóstomo; detrás de nosotros alguien lo tortura… “¿Les
quitamos los celulares?”, pregunta uno de ellos. “Saquen los teléfonos”,
ordena otro. Dirigiéndose a Trinidad, uno más dice: “vas a vivir, pero
vamos a platicar largo tú y yo”. Se escuchan más golpes, otra orden:
“levántelo… ¿o no puedes caminar?” Trinidad contesta casi sin voz: “no
puedo”. “Levántelo a piquetes… y ustedes se van a ir por Lázaro Cárdenas,
cuidadito de regresar por donde vinieron o vuelan en pedacitos. Una camioneta
negra los va a estar esperando y los va a escoltar… y nomás que vayan con el
chisme a los marinos o al Ejército”. Nos levantamos sin voltear atrás, la
camioneta sale en reversa hasta la carretera e inicia el recorrido de casi 300
kilómetros hasta los límites con Guerrero; hay dos teléfonos celulares tirados
entre los asientos pero no hay señal… ni policías, ni Marina, ni Ejército.
Llevamos la vida en el pecho pero la muerte metida en la cabeza. Al día
siguiente encontraron el cuerpo de Trinidad, atado de manos, torturado, con una
oreja casi desprendida y con cuatro tiros en el cuerpo.
La Jornada
12 de diciembre de 2011