La calle
aún conserva los signos de la revuelta: consignas a medias en papeles rotos,
cascajos de bombas lacrimógenas y balas de goma, vallas tiradas, la suciedad
que precede al tropel, algo de sangre y pintas. Y en medio de la calle, vacía
en espera de una nueva manifestación de jóvenes inconformes con el orden y el progreso
que se oferta desde el poder, hay niños jugando al futbol,
Son
Neymar, Hulk, Marcelo, Paulinho y compañía… no cobran por jugar, no portan la
sagrada verdeamarelha pero igual sudan, meten el cuerpo y quieren más, porque
tres goles no son suficientes para dar por terminado un partido pactado hasta
que el cansancio los venza o la policía los corra del lugar.
Ayer por
la noche sus hermanos mayores, primos, tíos o padres salieron acompañados por
cientos de miles a esas mismas calles para gritarle a la ex guerrillera que hoy
es presidente que no están de acuerdo con que su gobierno otorgara 15 mil
millones de dólares del dinero público para financiar la Copa Confederaciones
2013 y el Mundial 2014… y es que aún hay millones que no tiene donde vivir.
Saben que los mayores no se quejan tanto ya por la falta de empleo o dinero, pero
sí por el alto costo de un transporte público deficiente, por los malos
servicios de salud, por la educación inadecuada… por la represión de una
policía militarizada que sigue cargando contra la gente como lo hacía durante
la dictadura.
En esta
pequeña cancha de asfalto no hay árbitro y no hace falta, las infracciones a
las reglas elementales del futbol se marcan y se discuten aquí mismo y entre
todos… el enojo se transforma en intentos de jugadas de fantasía, en desafíos
cara a cara que se resuelven con un recorte mágico. El que falla debe correr
tras la pelota para recuperarla y volverla a poner en juego… esa es, tal vez,
la regla más importante.
Los que
ayer por la noche tomaron esta cancha de Brasilia, de Río y de otras ciudades, aprendieron
a jugar de la misma forma, con estas mismas reglas: han traído el balón y lo
pusieron enfrente de quienes dirigen el país. El ex presidente Lula, histórico líder
sindical, ha intentado salir al paso para llamar a la negociación, pero ayer
mismo la multitud advirtió que tampoco quiere un árbitro que dicte las reglas
de un juego que terminará por convertirse en negocio: “los políticos ya no nos
representan”.
Hulk
suelta un riflazo que cruza entre las dos piedras que hacen de portería, las
pequeñas voces corean la hazaña y despiertan el eco de las consignas que miles
de gargantas impregnaron ayer en las paredes de los edificios cercanos: “un
país mudo es un país que no muda”, “no dispares contra mis sueños”. La cuenta
de los goles no importa ya a estas alturas, se trata es de seguir jugando al
futbol.
Hoy y en
los días sucesivos los jóvenes indignados brasileños también seguirán con este
otro juego que les es inherente y trata de cambiar Brasil… quizá en este punto
es donde cobran su real dimensión las declaraciones de Eddy Etaeta, entrenador
de la selección de Tahití que en su debut en una competencia de FIFA perdió 6
goles a1 contra Nigeria: “estamos acostumbrados a ver los grandes campeonatos
delante de nuestro televisor, pero hoy nosotros somos los protagonistas. Lo que
iba a pasar sobre el terreno de juego no tenía mucha importancia”.
Crónicas de ficción y no tanto