La ausencia trabajó en secreto para evitar
el olvido, el silencio infante construyó el desasosiego, el
rito de las manos conservó el ansia del beso…
Marcamos nuestros cuerpos con nombres que
se desvanecen, convocamos un vacío donde germinará la
memoria (las palabras no dichas habitarán el
intersticio en los abrazos).
En silencio caminamos sobre los pasos del extraviado, pero siempre con el rumbo que –implacable– fijó la nostalgia de lo no encontrado (hacerse a un lado para dejar que pase el otro, y el otro, y todos los que buscan inundarse de certezas [...] y volver al camino por la senda de los invisibles).
Encontrarse, pues, en un punto a merced de la insalvable geografía y declarase en resistencia ante el requisito del regreso o la partida: existir en las horas no contadas...