25 de noviembre de 1939
Es difícil evocar hoy la libertad de prensa sin ser tachado
de extravagancia, acusado de ser Mata-Hari o siendo convencido de que eres
sobrino de Stalin. Sin embargo, esta libertad es sólo una cara entre otras de
la libertad en sentido estricto y se comprenderá nuestra obstinación en
defenderla si se admite que no hay otra forma de ganar realmente la guerra.
Es verdad, toda libertad tiene sus límites. Aunque tendrán
que ser libremente reconocidos. Acerca de los obstáculos que son aportados hoy
a la libertad de pensamiento, hemos dicho por otra parte todo lo que pudimos
decir y diremos todavía, y hasta la saciedad, todo lo que será posible decir.
En particular, no nos sorprenderá jamás lo suficiente, una vez impuesto el
principio de la censura, que la reproducción de los textos publicados en
Francia y apuntados por los censores metropolitanos sea prohibida a Le Soir
Républicain, por ejemplo.
El hecho de que a propósito un periódico dependa del humor o
de la capacidad de un hombre demuestra mejor que cualquier otra cosa el grado
de inconsciencia al que hemos llegado. Uno de los buenos preceptos de una
filosofía digna de ese nombre es el de jamás caer en lamentaciones inútiles
ante un estado de cosas que no puede ser evitado.
La cuestión en Francia ya no es hoy saber cómo preservar la
libertad de prensa. Es la de buscar cómo, ante la supresión de esas libertades,
un periodista puede seguir siendo libre. El problema no concierne a la
colectividad. Concierne al individuo.
Y justamente lo que nos agradaría definir aquí, son las
condiciones y los medios a través de los cuales, en el seno mismo de la guerra
y de sus servidumbres, la libertad puede ser, no solo preservada, sino también
manifestada. Estos medios son cuatro: la lucidez, el rechazo, la ironía, la
obstinación.
La lucidez supone la resistencia a las invitaciones al odio
y al culto de la fatalidad. En el mundo de nuestra experiencia, todo puede ser
evitado. La guerra misma, que es un fenómeno humano, puede ser en todo momento
evitado o detenido por medios humanos. Es suficiente con conocer la historia de
los últimos años de la política europea para estar seguros que la guerra,
cualquiera sea, tiene causas evidentes.
Esta visión clara de las cosas excluye el odio ciego y la
desesperanza que deja hacer. Un periodista libre, en 1939, no se desespera
y lucha por lo que cree verdadero como si su acción pudiera influir en el curso
de los acontecimientos. No publica nada que pueda excitar el odio o provocar la
desesperanza. Todo eso está en su poder.
Frente a la creciente marea de la estupidez, es necesario
también oponer alguna desobediencia. Todas las presiones del mundo no harán que
un espíritu un poco limpio acepte ser deshonesto. Ahora bien, y aun
conociendo poco del mecanismo de las informaciones, es fácil asegurarse de la
autenticidad de una noticia. Es a ello que el periodista libre debe dedicar
toda su atención. Si no puede decir todo lo que piensa, puede no decir lo que
no piensa o lo que cree falso. Es así que un diario libre se mide tanto
por lo que dice como por lo que no dice. Esta libertad completamente
negativa es, de lejos, la más importante de todas si se la sabe mantener, dado
que prepara el advenimiento de la verdadera libertad. En consecuencia, un
diario independiente ofrece el origen de sus informaciones, ayuda al público a
evaluarlas, repudia el abarrotamiento de los cerebros, suprime las invectivas,
mitiga mediante comentarios la uniformidad de las informaciones; en breve,
sirve a la verdad en la medida humana de sus fuerzas. Esta medida, tan relativa
como puede serlo, le permite al menos rechazar lo que ninguna fuerza en el
mundo podría hacérselo aceptar: servir a la mentira.
Llegamos así a la ironía. Podemos decir en principio que un
espíritu que tiene el gusto y los medios de imponer la coacción es impermeable
a la ironía. No vemos a Hitler, por tomar un ejemplo entre otros, utilizar la
ironía socrática. Lo que implica entonces que la ironía es un arma sin
precedentes contra los demasiado poderosos. Completa a la rebeldía en el
sentido de que permite no sólo rechazar lo que es falso, sino decir a menudo lo
que es cierto. Un verdadero periodista libre, en 1939, no hace demasiada
ilusión sobre la inteligencia de aquellos que lo oprimen. Es pesimista respecto
del hombre. Una verdad enunciada con un tono dogmático es censurada nueve veces
sobre diez. La misma verdad dicha agradablemente no lo es más que cinco veces
sobre diez. Esta disposición describe de manera bastante exacta las
posibilidades de la inteligencia humana. Ésta explica además que los diarios
franceses como Le Merle o Le Canard Enchaîné puedan publicar
regularmente los artículos de tanto coraje que conocemos. Un periodista, en
1939, es por lo tanto forzosamente irónico, aunque a menudo sea a riesgo de su
propio cuerpo. Pero la verdad y la libertad son amantes poco exigentes dado que
tienen pocos amantes.
Esta actitud del espíritu brevemente definida, es evidente
que no podría sostenerse eficazmente sin un mínimo de obstinación. Hay
suficientes obstáculos a la libertad de expresión. No son los más severos los
que pueden desalentar un espíritu. Las amenazas, las suspensiones, las
persecuciones producen generalmente en Francia el efecto contrario a lo que se
proponen. Debe convenirse que hay obstáculos desalentadores: la constancia en
la tontería, la apatía organizada, la estupidez agresiva, y detengámonos aquí.
Allí está el gran obstáculo a vencer. La obstinación es una virtud cardinal.
Por una paradoja curiosa pero evidente, se pone al servicio de la objetividad y
de la tolerancia.
Éstas son un conjunto de reglas para preservar la libertad
hasta el seno de la servidumbre. ¿Y después? –diríamos. ¿Después? No nos
apuremos tanto. Si cada francés quisiera mantener en su esfera todo lo que cree
verdadero y justo, si quisiera ayudar desde su condición débil a mantener la
libertad, resistir el abandono y dar a conocer su voluntad, entonces y solo
entonces esta guerra estará ganada, en el sentido profundo del término.
Sí, es frecuentemente a riesgo de su cuerpo que el espíritu
libre de este siglo hace sentir su ironía. ¿Qué puede encontrarse de agradable
en este mundo incendiado? Pero la virtud del hombre consiste en mantenerse
enfrente de lo que lo niega. Nadie quiere recomenzar dentro de veinticinco
años la doble experiencia 1914 y 1939. Entonces hay que ensayar un método todo
novedoso que es la justicia y la generosidad. Pero éstas sólo se expresan en
los corazones libres y en los espíritus todavía clarividentes. Formar estos
corazones y estos espíritus, despertarlos antes, es la verdadera tarea a la vez
modesta y ambiciosa que le toca al hombre independiente. Hay que hacerlo sin
pensar más allá. La historia tendrá o no en cuenta esos esfuerzos. Pero habrán
sido hechos.
Albert Camus
Escrito en 1939 para Le Soir Républicain,
recuperado y publicado por Le Monde el 18 de marzo de 2012 http://www.lemonde.fr/afrique/article/2012/03/18/le-manifeste-censure-de-camus_1669778_3212.html
Traducción de Roberto Igarza http://robertoigarza.wordpress.com/2012/03/18/los-cuatro-mandamientos-del-periodismo-libre/
