3.4.16

Insurrecciones

Lo que no ha cesado de desplegarse desde el siglo XVII en Occidente no es el poder de Estado, es, a través de la edificación de los Estados nacionales así
como ahora a través de su ruina, el gobierno en cuanto forma de poder específica. Si hoy se puede permitir que se desmoronen sin ningún temor las
viejas superestructuras oxidadas de los Estados-nación, es justamente porque tienen que dejar su lugar a esa famosa “gobernanza”, flexible, plástica, informal, taoísta, que se impone en todos los dominios, ya sea en la gestión de uno mismo, de las relaciones, de las ciudades o de las empresas.
(...)
“La democracia —escribía Marx— es la verdad de todas las formas de Estado”. Se equivocaba. La democracia es la verdad de todas las formas de gobierno . La
identidad del gobernante y el gobernado es el punto límite en el que el rebaño se vuelve pastor colectivo y en el que el pastor se disuelve en su rebaño, en el que la libertad coincide con la obediencia, la población con el soberano. La reabsorción del gobernante y el gobernado uno en otro es el gobierno en su estado puro, ahora sin ninguna forma ni límite.
(...)
Para destituir el poder no basta, por tanto, con vencerlo en la calle, con desmantelar sus aparatos, con incendiar sus símbolos. Destituir el poder es privarlo de su fundamento. Esto es precisamente lo que hacen las insurrecciones. En ellas, lo constituido aparece tal cual, con sus mil maniobras torpes o eficaces, groseras o sofisticadas (...) Destituir el poder es privarlo de
legitimidad, conducirlo a asumir su arbitrariedad, a revelar su dimensión contingente. Es mostrar que sólo se mantiene en situación por cuanto despliega
de estratagemas, trucos, artimañas —es hacer de él una configuración pasajera de las cosas que, como tantas otras, debe luchar y valerse de astucias para sobrevivir—. Es forzar al gobierno a reducirse al nivel de los insurrectos, que no pueden seguir siendo unos “monstruos”, unos “criminales” o unos “terroristas”, sino simplemente unos enemigos. Conducir a la policía a ser ya simplemente una
pandilla, a la justicia una asociación de malhechores.


Comité invisible
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