28.7.07
Visitas
Leía el mismo libro de antes y se detuvo en un verso oculto hasta entonces.
La única salvación de todo andar es no llegar
Pensó en una ella que ofrece compartir tres veces por semana, algunas caminatas casuales y quizá una visita al cine más cercano. Cosas suficientes –según ella– porque lo demás son artículos de lujo y ya no estamos para eso; vivir con austeridad es más sencillo.
La razón de ese sin sentido le llevó a tomar atajos por el libro, transcurrió por las páginas como observando el mapa de un cuerpo sobre la mesa del taxidermista.
Cayó en otro verso escondido.
Entre el que da y el que recibe, entre el que habla y el que escucha,/
hay una eternidad inconsolable
Otra ella, otro tiempo, y ahí no entraron ni principio ni después. No hubo respuesta a la negación o pregunta para el placer. Mejor reducir la eternidad a una distancia no prudente. Cambiar de página para despedirse en un monólogo.
Otras líneas y un fantasma.
El último trabajo: levantar entre las manos vacías una torre de nada/
al borde del abismo
Cerró el libro de un portazo, pero ya estaba ahí y se quedó mirando un rato. Algo recordó de sus retinas agitadas. Algo que tiene que ver con el sonido de la lluvia en la arena. Pensó en la letra de su nombre y volvió a brotar el silencio. Mejor cerrar los ojos, esperar y desvanecerse.
Sigue imitando al ciego y aún no entiende que no son los ojos los que miran o leen...
