
El que observa sabe en secreto que la casualidad no existe, que tras cada movimiento la manecilla lleva un guiño de sí misma. El que observa, en silencio encuentra su mano sobre un lenguaje sin nombres. Son entonces sus ojos los que le impiden ver y pierde de vista lo que le impedía mirar.
Pero en el fondo de todo secreto hay un secreto: la imperceptible sensación de una casualidad en la mano de alguien más.